miércoles, 16 de noviembre de 2016

ENSAYO FINAL REFLEXIÓN - BESTIARIO

CUANDO LA FICCIÓN SE CHOCA CON LA REALIDAD


Vamos a hablar de Bestiario, un libro de Julio Cortázar, pero no del libro en sí sino de uno de sus ocho cuentos. Me refiero a “Ómnibus”. A mi gusto, uno de los mejores del libro. La situación ficticia, casi fantástica, propuesta por el autor, se puede asemejar completamente con un hecho vivido en carne propia por cualquiera de nosotros.

Para los que no hayan leído el cuento y no entiendan de lo que hablo, les voy a hacer una breve descripción.

Una señorita llamada Clara, terminaba su trabajo en Villa del Parque, al retirarse se dirige a la parada de colectivos, espera el 168. Al subir, notó algo raro. El chofer la miraba, la inspeccionaba, ella pidió boleto y el hombre seguía con la mirada clavada en su apariencia. Finalmente le cobra el boleto y ella se dirige a un asiento cercano del fondo. Esto no significó que el chofer y el guarda que estaba a su lado le sacaran la vista de encima, la seguían mirando por el espejo retrovisor. Asombrada e incómoda, se da cuenta de que no eran los únicos en observarla. Todos en el transporte la miraban, de atrás, de frente, de costado, estos pasajeros tenían una particularidad, todos tenían un ramo de flores y la única que no contaba con uno en su mano era Clara. Al tiempo de viaje sube un muchacho, este también sin ramo de flores, ahora las miradas se dividían, no eran solo para ella sino compartidas con el muchacho. El viaje continuó así al punto que estos dos “extraños” se sentaron juntos notando las miradas hacia ellos. En la estación Chacarita se bajan todas las personas que disponían de un ramo de flores, pero todavía tenían unas miradas encima, la del guarda y la del chofer. Esto termina cuando bajan rápidamente del colectivo en la estación Retiro, compran un ramo de flores para cada uno y continúan sus caminos felices, sin la presión de las miradas ajenas.

Ahora pensemos, ¿cómo se relaciona esto con la realidad? Si me preguntás si en tu vida te va a pasar subirte a un colectivo donde todos tengan un ramo de flores y vos no, y por dicho motivo seas el bicho raro y te lleves todas las miradas, no, posiblemente no te pase eso. Pero sí entrar a un lugar donde no encajás y la gente te lo hace notar, qué incómodo momento cuando las miradas de otros nos queman la nuca…

Un ejemplo de esto se puede ver en el hecho de ir a bailar, rutina de los adolescentes todos los fines de semana, grupos y grupos de chicos en boliches de distintas zonas algunos más top, otros más bajos. ¿Qué nos pasa a los adolescentes cuando vamos a un boliche nuevo, un boliche de otro barrio, con otros requisitos, con otras exigencias en cuanto a vestimentas? Yo suelo ir a bailar a Chankanab con mis amigos, un boliche situado en San Martín, donde podés entrar a bailar con cualquier corte de pelo, con gorra, con jogging, con remera de un club de fútbol, básicamente en ese boliche hay de todo. Pero, ¿si nos vamos al otro extremo? Fuimos a bailar a Apple, boliche “concheto” de Villa Pueyrredón, donde las exigencias son altas, con determinada ropa no pasás, con determinado corte de pelo no pasás.

Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, autor de Modernidad líquida, denominó al hecho de producirse para salir a bailar a un lugar en especial como “seguir en carrera” y sostiene que “estar en forma significa tener un cuerpo flexible y adaptado, que implica una tendencia a ser ‘más’. Todos los que buscan estar en forma solo saben con certeza que no están suficientemente en forma y que deben seguir esforzándose”.
¿A qué se refiere con estar en forma? Estar presentable para ese lugar. Para X actividad. Porque mi amigo de Villa Zagala que no tiene un pantalón de jean como la gente tiene que pedirnos prestada ropa a nosotros, para estar en óptimas condiciones de acceder a ese lugar sin ser discriminado por su apariencia. Tener un cuerpo flexible y adaptado es esto, si no lográs lo que ellos quieren ver en vos, no sos nadie. ¿Y sabés qué pasa? No te dejan pasar al boliche por un simple “derecho de admisión” que ellos inventan.

Al hacer la fila con mis amigos, nos sentíamos mirados, tanto por los patovicas, como por las otras personas presentes en el lugar. Evidentemente se notaba que éramos “provincianos” y no éramos de ir mucho por esa zona, o a ese boliche. Nos sentíamos incómodos, hablábamos entre nosotros. ¿Qué hacemos, nos vamos o nos quedamos? ¿Por qué no volvemos para San Martín?, dijo uno de mis amigos. Claramente ese no era nuestro lugar y el entorno nos lo hizo saber de inmediato. ¿Con qué necesidad alguien le hace sentir a otro que no pertenece a ‘X’ lugar solo por su apariencia? ¿Por qué tenemos que pasar por ese incómodo momento donde las miradas hablan solas? Nos sentíamos igual o peor que Clara en ese 168 destino a Retiro.

Esto es parte de la nueva modernidad en la que vivimos, esta “modernidad líquida”  como la llamó Bauman, “ser moderno significa estar eternamente un paso delante de uno mismo. También significa tener una identidad que solo existe como proyecto inacabado”, asegura el autor. Entonces, ¿estar un paso delante de uno mismo significa vestirse como lo que uno no es? ¿Aparentar lo que uno no quiere, solo para encajar en un lugar?

Esto no es así. No debería existir la división entre unos y otros, el fin de este lugar (el boliche) es el mismo en todos los lugares del mundo. Ir a bailar y disfrutar con amigos, por más que vaya en jogging, musculosa, camisa o jean, puedo desarrollar la actividad propuesta igual y divertirme de la misma manera. Pero claro, estamos en una posmodernidad, donde hay valores que rigen a la sociedad y si no te adaptás a ellos no formás parte… Qué patéticos.

Entonces, todo esto, condiciona en parte la conducta del adolescente. Si observan detenidamente las redes sociales, los muros de la mayoría de  los jóvenes pueden apreciar que todos suben fotos similares, vestidos de igual forma, con el mismo modelo de zapatillas, ya que están a la moda, entonces yo quiero ser parte de la moda para no ser discriminado. Uno deja de ser quien es para ser parte de la manada. Disculpen si les parezco un bicho raro, pero yo sigo saliendo a la calle en shortcito, musculosa y algo discreto en los pies, y con treinta grados de calor veo a otros pares con bermuda de jean ajustadas, zapatillas de armatoste. ¿Para qué? Me pregunto yo.  La función de la ropa es la misma sea Nike, Adidas o marca Pirulo. Para Dominique Wolton esto sería un “Consumo” por signo y no por necesidad. “Los objetos materiales tienen que ver con una satisfacción de necesidades, los objetos de consumo con un estilo de vida”.


Si necesitás ropa, no vas a comprarte lo último en tecnología de ropa, ya que no estarías satisfaciendo una necesidad sino buscando marcar un estilo de vida. Cuando un amigo dice “necesito ropa nueva”. Flaco, tenés siete pantalones de jean, ¿para qué querés más? pero como salieron nuevos y mejores quieren esos que usan en los boliches donde van a bailar. Estamos, inconcientemente bajo el control de una sociedad que nos impone ser o aparentar algo para encajar y esto no debería ser así. Uno debe ser libre, vestirse como quiera sin el temor de que en la calle alguien lo mire de reojo, sin el temor de que en la escuela hablen y se rían de cómo se viste, o cómo se corta el pelo. Hay que dejar de preocuparse por el otro y preocuparse por uno mismo, ser feliz uno, sentirse cómodo con uno mismo y hacer sentir cómodo al otro, porque al fin y al cabo si a vos te gusta vivir en jogging o pantalones anchos, es gusto y problema tuyo, no tengo por qué involucrarme en eso y hacerte sentir mal. Si yo quiero ir a bailar a Apple con un jean común, zapatillas mediocres y una remera, ¿Quién sos vos para impedírmelo? Dejemos de juzgar por la apariencia y veamos un poco más en el interior de esa persona, todos somos un mundo distinto con gustos diferentes. Si esta diversidad de gustos se respetara, no veríamos tantos mediocres vestidos de igual forma y haciendo las mismas caras en una foto para ser “bien vistos”. Vivir y dejar vivir.

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